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                                         Cantos
 I.                                   
Y después de la tormenta buscamos en la guardarropa
excusas para arropar la desnudez del guerrero encarnado
O erramos por la calle o el jardín recogiendo las bragas
los calcetines y las fotos de otros días menos infelices
en que se permitían sonrisas—todos tirados al suelo
como en los noticieros de desastres ajenos
en la tele comentados por una voz interna
que te asegura que tuviste la razón y que no hubo otro remedio
Y que luego te susurra a las espaldas
Pobre coño, que mentiroso de verdad.

Y después de la tormenta
nos evitamos en los pasillos donde retumban
las palabras evaporadas que han dejado
un depósito de sal en los labios
y una fragancia agria de náusea entre los minutos—
¿Cómo nos escaparon de las bocas? 
¿Se formaron del veneno que es la misma
saliva de los besos? ¿O se formaron
de los malos pensamientos que respiramos
en la calle, o de las fantasmas de recuerdos
de daños olvidados que no quieren anunciarse
ahora a la vista pero que pueblan
el espacio entre las ideas y gritan en las gargantas
como delincuentes en una casa desocupada.
Algo así será si no vamos a ser para siempre
las muñecas soñadas de dos malcriados terribles
que se muerden y se rasgan y se jalan las greñas
en un corralito de niños
completo con cama, cocina y garaje.

II.

Echado del país de tu cuerpo,
ciego, sediento, desterrado,
pasando por el mundo a tientas
con los dedos de la mente tocando los objetos
palpitando la ciudad, las nubes, las palabras
tiradas como basura en las calles
para enredarte los pies de la imaginación.
Voy como una planta heliotrópica
buscando tu luz

III.

Me incorporo en la noche desgarrando
el caos, tratando de colocarme una nada especial,
particular a mi, de entre la nada que es
inmenso y universal y de todos y de nadie.
Sin ti no me reconozco en el espejo por las mañanas
Y sospecho que soy aire y que
el viento me juntará a su cuerpo flaco si salgo.
Y no puedo desayunarme porque tu ausencia es mi ayuno.
Y profundamente no estás,
ni nunca estarás.

IV.

En la planta baja de la casa abandonada
estoy siempre tratando de volver
por una escalera que ya no existe
que nunca puede construirse.
Y subo por la escalera que sí está
y encuentro una cama que me ignora
entre espacios falsos y unos objetos tuyos
que son refugiados de una vida apócrifa.
Y manejando por el vecindario
repito los nombres de las calles
y no encuentro ninguna con tu nombre
ni donde doblar para arrimarme a tu sombra.
Y la gente por la acera que no quiere verme—
Son monitos de plástico escapados de un baúl de juguetes,
Y yo igual, paralizado en mi vida donde me posaste tú,
con esta cara de agonía,
Niña mala.

V.

Estoy tratando de no perder
estos hilos finos de araña que
me refrenaban del abismo
antes de que tu mirada de desamor
me barrió del cielo.
Estoy tratando de no soltar
los filamentos individuos del amor,
estos pelos tenues, trasparentes
tan débiles en si, pero que juntos
sostienen ciudades de hierro y humo
y amarran las manos sangrientas
de las cochinas guerras
y enlazan a Odiseo al mástil de la razón
cuando llaman las sirenas del suicidio
en una madrugada solitaria.
 

VI.

En estos días de tu definitiva y sostenida desaparición
no quiero salir de los cuartos a las calles abandonadas
ni me atrevo quedarme entre las paredes llenas de tu ausencia,
así que paso los días huyendo afuera y adentro por puertas ciegas
en una oscilación prolongada de cobarde sin rumbo.
Sin ti nuestra cama se murió de tristeza hace unas semanas
y ya no quiero acostarme en el blanco cadáver de ella.
De todos modos las sábanas conservan la forma más abstracta
de tu cuerpo y en la almohada queda el molde derretido de tu cara.
El piso rechina y gime con los pasos de tu sombra.
En un domingo solitario el foco del baño se suicidó
con un suspiro ahogado y un pequeño balazo de desesperación
y las plantas del salón se santiguaron y tiraron sus hojas al suelo.
Los árboles del jardín dedicaron el otoño a tu memoria
y se desnudaron todos de un golpe en una noche de viento.
Para no perecer de los golpes continuos de silencio tan inmensos como mares
a veces paso levantando los teléfonos a ver si oigo al menos un eco
de tu voz perdida, pero la línea ha vuelto muda.
Ni da su ignorante tono de marcar y no quiere recibir mi voz.
Me doy cuenta ahora que la casa y todos sus espacios y objetos
y el jardín y hasta las nubes que se divierten formando retratos de ti
nunca estaban neutral. Eran tus cómplices y ya conspiran día y noche
contra él que se creía, en otros días de ilusión—pobre menso—ser dueño de todo.

VII.

Saliste, dejando mis venas vacías, droga mala,
y yo, tu pobre adicto, me quedé allí clavándome jeringas
de vodka, recuerdos, y esa música podrida de Jacques Brel.
La detoxificación era prolongada e infernal y hasta ahora
se oyen tus pasos por los almacenes desérticos de mi sangre—
Pero no te odio. Sólo odio a ese pobre perro de adentro que
todavía gime y suplica tu regreso.


VIII.

Ahora, Cariño Mío, mi nueva dirección es Desastre.
Está en esa colonia que se llama Universidad de los Pendejos.
Aquí sigo cursos de la pendejidad— espero sacarme un doctorado.
El metro no llega hasta aquí, ni paren los autobuses.
De aquí nadie conmuta con portadocumentos leyendo diarios.
Las ambulancias no acuden a las llamadas, ni hay teléfonos.
Ahora vivo en un vagón de tren abandonado,
descarrilado, sin muebles o focos, que queda a las franjas de la vida real.
A lo lejos se ve la línea del cielo de la ciudad de perros y momias
donde me dejaste para volar a Nueva York.
Allí, si se puede confiar en las noticias,
te has hecho magnata de joyería de barro y gran éxito.
Felicitaciones. Me perdonarás la letra de esquizofrénico--
es difícil escribir sobre este recuerdo de una mesa
tratando de atrapar los fantasmas de palabras
que me zumban como polillas por la mente.
Sin electricidad sólo tengo la luz de la luna que entra tímida por las grietas
y esa débil claridad de humo y neblina
que me concediste tú como corona de bobo.

IX.

Después de que me despediste
con esa mirada de brea y plástico líquido
que conservabas sólo para los capítulos
más culminantes de tus novelas de crueldad,
me arrastré aquí con las piernas apenas conectadas
por unos pocos ligamentos y la necesidad de huirme.
Aquí estoy bien, mi amor.  No te preocupes.
Aquí en este banco de madera puedo tomar agua
de una fuente con estatuas de ángeles que no me denuncian
ni a la policía ni a los recuerdos que me persiguen.
El humo es mi techo y me gusta imaginar
las estrellas que me parece recordar había antes en el cielo.
Las hojas muertas que se pegan a mi cuerpo como otra piel
forman un camuflaje excelente y nadie se da cuenta
de mi existencia.  Casi no me hallo yo—
lo cual es la delicia más exquisita de todas.

X.

Cuando me expulsaste con este golpecito de ojo,
me acuerdo que volé con una ligereza sorprendente.
No parecía posible que la solidez aparente
de los mil días de nuestro amor pudiera reducirse así
en algo tan vago, como si nunca hubieran transpirado
las migraciones de la carne,
las muertes derramadas de cuerpo en cuerpo,
los mares de seda que ondulaban por la noche entera--
Y de verdad, no pesaban nada esas cosas,
como no pesan las rayas, vientos, la luz.

XI.

En el silencio de los sueños mudos
en veces camino contigo y me entiendes
y yo no te critico y no encuentro defecto alguno
en tu ser perfecto como una de esas esferas
celestiales de la antigüedad de Plató.
Y tu amor me envuelve como una neblina cálida.
Y tu voz me llega adentro, sin que digas nada.
Y te oigo decirme que la vida es buena
y que yo soy bueno y que las llagas de mi
maleza se han sanados sin cicatrices
y que mi alma está segura como una pluma perfecta
de colibrí pacificado que tú has amparado
en una cajita dentro del bolsillo de tu
espíritu acogedor y benigno.



 

Desvíos líricos

I.

Ámense hijos, esto es mi consejo,
después de haber vivido en varios infiernos
que son esos hoteles baratos y mezquinos
que se encuentran en los arrabales
de las vidas despobladas.
Ámense y pierdan el juicio amando.
Que esa locura, que es sólo una entre tantas,
es la única que los deja sanos y mansos.
Agárrense por los pelos y luchen con los dientes
y traguen la sangre, los gritos, y las mentiras.
Que el amor es una ilusión y sólo una entre tantas
y el ojo fijo la desmedra, la encoja, y la borra.
Mejor a las ciegas, sabiendo por el tacto,
y con piedad de mendicante.
Que la felicidad es pajarillo y en el puño no aguanta
y cuanto más se apriete, cuanto antes se matará.

II.

La rosa con sus púas
no es más peligrosa
que la blancura milagrosa
con que clava el clavel.
Así que ten cuidado
con cualquiera belleza
que por más coqueta sea
será más fugaz e infiel.
 

III.

Pueblerina franca
que la distancia disminuye
y la noche entierra
bajo ondas de silencio
eres tú la que se levanta
por las madrugadas
y llevas en tu balde
las almas sedientas
al riachuelo de las horas
para despertarse y beber
las aguas sagradas
del amanecer.
 

IV.

La humedad de tu boca rosa,
rocío de mi dolor,
mordida de carne perdida,
arco iris sin color,
ya quedas en mi memoria
con tus vientos de huracán,
con tus ojos de pordiosera
y tu cola de alacrán.
 

V.

Los amores usados son como cualquier otra cosa
que se compra barata y que lleva las huellas
de previos abusos, rechazos—la inutilidad.
Lo cual no significa que no sirven a nada.
Claro que aún los amores que se encuentran tirados
Al depósito de basura pueden utilizarse para arropar
El cuerpo y el alma en estas estaciones frías de la vida.
Es verdad que no lucen tanto, que no son tan impresionantes,
como los amores nuevos de sólo un dueño.
Por eso no se aprecian ni se respetan igual.
Pero si no nos llevan a las mismas alturas emocionantes
ni duran como esos amores vírgenes y vivos de antes,
pues, tampoco nos dejan caer de las altitudes tan terribles,
ni duele tanto cuando se tiene que darlos de lado.
 

VI.

En el pueblo de los perros todo
el mundo sufre de la plaga de pulgas
y todo el mundo se rasguña como unos locos,
continuamente, así que no se nota sí
ando desgarrado y cubierto de sangre yo.

 

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